19/1/16

La enfermedad del yo

Siempre he creído que algunas personas no tienen corazón. Sí, puede que posean un órgano dentro de sí cuyos latidos impulsen la sangre por todo su cuerpo pero sentir, no sienten. Sólo así se explica que constantemente crean tener la verdad, sean incapaces de ponerse en el lugar del otro y por supuesto, jamás se planteen si han obrado bien o mal. Y es que ellos nunca se equivocan y si por una de esas, un mal día lo hacen, será sin duda única y exclusivamente, por culpa de los demás.
Les llamo los enfermos del yo y lejos de ser menos, muy al contrario, cada vez son más.

En el mundo de los animales los he visto miles de veces. 
Me los encontré, por ejemplo, cada una de las que fui a retirar animales de circo. 
Unas veces en forma de fotógrafos que a fuerza de flash, acababan arrancando la vista de los animales que usaban para que el público posara junto a ellos. 
Otras, en forma de desfasados domadores que usaban tigres y leones para sus esperpénticos espectáculos de feria. Éstos, igual que los anteriores, defendían también a capa y espada la labor que realizaban y por supuesto, se autoproclamaban como los mejores guardianes de sus vidas pese a que sin embargo, no dudaban en abandonarlos cuando ya no les servían para el negocio. 
Y así, dos osos en un carromato de feria fueron ¿olvidados? en una gasolinera por un famoso domador porque ya no le servían, varios tigres fueron arrojados en un vertedero por otro, quince leones, cinco tigres y un hipopótamo acabaron abandonados a su suerte en un pueblo de Valencia, etc, etc, etc. 
Conozco bien cada uno de esos casos porque, al final, de una forma u otra, a todos esos animales los acogimos desde el Arca. Unos fueron posteriormente reubicados en fundaciones y centros especializados y otros aún permanecen en nuestras instalaciones. 

Pero, no crean, también me encontré a estos famosos enfermos de egoísmo en cada una de las actuaciones contra la  venta y tráfico ilegal de especies en las que participé. Cuando acudía con la policía o la guardia civil a esos domicilios para retirar esos animales exóticos que vendían por Internet, la respuesta de los autores de ese comercio, a menudo, era tan extraña como idéntica. Todos solían afirmar: Los vendo para asegurarme de que así los cuidan bien, decían. Luego se encogían de hombros y añadían: Aunque sé que nadie los tratará nunca mejor que yo. En fin.

Pero, sin lugar a dudas, donde más veces y con más intensidad me he encontrado con enfermos que padecen tan común enfermedad es en los albergues de animales abandonados. Allí es habitual verlos deshaciéndose de sus animales y argumentando dicho abandono con comentarios tan peregrinos como los siguientes:
 Dicen: Aquí le dejo el perro que ya no lo quiero. Me cansé de él.
─ Mientras tú piensas: ¡Lo que hay que oír!
 Dicen: No puedo tenerla, ensucia mucho y huele a perro. 
─ Mientras tú piensas: Normal, si es un perro, ¿no?
 Dicen: No lo quiero, es muy feo. 
─ Mientras tú piensas: Vamos, ¡como si el que lo está dejando fuera un modelo guapetón de dos metros de alto!
 Dicen: Es viejo o está enfermo y me cansé de él. 
─ Mientras tú piensas: Bueno, en este caso, mejor  me callo lo que pienso.

Estos son sólo algunos ejemplos de lo mucho que se puede escuchar en un albergue cualquiera aunque como siempre es posible superarse, el otro día llegó una persona para dejar a un perro que compró por Internet. Hasta ahí, desgraciadamente, todo normal. 
Lo curioso fue cuando dijo, muy indignado, que lo dejaba porque se la habían vendido embarazada y estaba ya muy gorda y a punto de parir. Me extrañó y le pregunté:
─ ¿Cuánto hace que la compró? 
Y, el hombre, sin inmutarse siquiera, me dijo:
─ Dos años, hace dos años y medio.
¡Ole tú!, pensé. Evidentemente, el susodicho no tenía la menor idea de que un embarazo en un perro apenas dura algo más de dos meses y el caso es que si les soy sincero, por un momento pensé incluso en explicárselo para que, al menos, supiera que no me estaba tomando el pelo pero afortunadamente, me di cuenta enseguida de que no valía la pena. ¿Para qué?
A esas alturas, su mirada, sus ojos, sus manos y, sobre todo, sus palabras, le delataban claramente… De nuevo estaba ante mí otro enfermo, severo y lo que es peor, irrecuperable, del "Yo" más absoluto. 


Raúl Mérida


Nota: En el Arca de Noé rescatamos aquellos animales salvajes que necesitan ayuda. Más información en: www.fundacionraulmerida.es o www.animalesarcadenoe.com
En el albergue de animales de la Protectora de Alicante acogemos y protegemos a aquellos animales de compañía abandonados que buscan un nueva familia. Más información en: www.protectoraanimalesalicante.org

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