Historias increíbles

Tigres y leones en pisos, pumas en chalets, linces, monos, serpientes...

Historias que ellos no pueden contar

Debemos hacer eco de sus historias; rescates, maltratos...

Historias que podrían haber sido la última

Cachorros, ancianos, con pedigree, inválidos... Da igual su raza y "valor".

Historias de rechazo

Muchos son abandonados cuando dejan de ser "útiles".

Historias de supervivencia

Historias que narran la lucha por sobrevivir al abandono.

13/2/13

Un metro cuadrado, mi hogar


Un metro cuadrado, ese es todo mi refugio, ese es mi hogar. Cuando me separaron de mi madre y mis hermanos, me trajeron aquí y desde entonces esta es mi casa. Siempre, desde que recuerdo, he vivido en un balcón. 

A un lado y al otro tengo la pared, enfrente un edificio y detrás, una puerta cerrada que cada día se abre y alguien me pone un poco de agua o algo que comer.
Antes intentaba una y otra vez empujarla desesperado, quería entrar dentro, poder compartir mi frío, mi soledad. Pero, mis dueños, a fuerza de golpes y patadas, me enseñaron a no hacerlo y ahora, solo de pensarlo, me pongo a temblar.

Algunos días, muy pocos, aparece una mujer mayor, lo hace en silencio, casi como si se ocultara. Yo la recibo con alegría, la huelo intensamente y ella se agacha y desliza su mano temblorosa sobre mi cara. La huelo cuanto puedo y dejo caer sobre ella, uno o dos lametazos. Luego se marcha... 

Mis días comienzan al amanecer cuando el sol despunta sobre la casa de enfrente y yo me levanto de la esquina donde cada noche duermo. Entonces me estiro y comienzo a moverle el rabo a los rayos que calientan el suelo y recibo con alegría el olor de las macetas al amanecer. Me enseñaron que sólo podía olerlas y eso hago, sólo aspirar su olor. 
Luego espero, espero a que las calles se abran y se llenen de gente que va y que viene. Los conozco a todos, al tendero de enfrente que cada mañana me chista mientras con la cabeza se lamenta, al cartero, a los niños que acuden temprano al colegio... Y espero y espero...

A eso del medio día comienzo a ver pasar en la distancia a otros perros. Todos ellos pasean al lado de personas que les acompañan a su lado... ¡me encanta! Yo les veo oler y jugar con otros animales que se encuentran, pero, lo que más me gusta es cuando los veo correr, corren sin rumbo por el placer de correr, empujan el aire con su cuerpo y se persiguen y tropiezan y voltean. Yo les ladro, les llamo: <<¡Hola estoy aquí, quiero ser vuestro amigo!>> y ellos siempre me contestan: <<¡Baja, baja a jugar con nosotros!>> Por unos instantes pienso en perderlo todo, en saltar, en tener una oportunidad o en acabar de una vez por todas, pero, pero el miedo no me deja hacerlo y de nuevo les grito, ladrándoles nervioso y triste: <<No puedo, no...>>
Siempre hay algún vecino que entonces se queja y a gritos desde la calle, dice que es una vergüenza, que va a llamar a la Policía, que esto no puede continuar... Yo le miro y de veras, deseo que lo haga, que me saquen de aquí, quiero por fin terminar con ésto, acabar con todo, pero, pero nunca llaman y yo sigo, como siempre, esperando.

Después comienza a atardecer. El sol de puesta, achicharra mi piel e intento buscar refugio tras unos cartones desordenados. El agua del cuenco, yace sobre el suelo derramada por mis torpes patas. Y sólo aguanto, espero a que llegue la noche.

La ciudad se ha oscurecido, el cielo se ha cubierto de estrellas. Hace mucho frío. Tumbado, acurrucado sobre una esquina de mi balcón, sueño con como será mañana, quizás sea un día distinto, distinto a hoy y a ayer, quizás mañana salga de aquí, quizás llegue a pisar la calle y hasta llegue a olvidar que durante muchos, muchos años, un metro cuadrado fue mi hogar, todo mi hogar, mi dulce hogar... 

NOTA: En la calle de delante, en la de detrás o al lado... Si miran hacia arriba cuando pasean, verán que son muchos los animales que viven permanentemente en balcones. La ley lo prohíbe y contempla sanciones para estos casos, pero sin embargo la mayoría jamás llegan a denunciarse.

Raúl Mérida
Un metro cuadrado, mi hogar

11/2/13

La chimpancé Lucy





Hace algunos años en Estados Unidos, (parece que todo tenga que pasar allí), se llevó a cabo una de esas experiencias disparatadas que sólo se les puede ocurrir a ellos. 

Se trataba de introducir un chimpancé desde pequeño en una familia y ver los cambios que se producían en su conducta.



La chimpancé fue Lucy y sus padres adoptivos el matrimonio Temerlin, una pareja de doctores en psicología que a su vez eran profesores de la Universidad de Oklahoma, encargada por el gobierno, eso sí, bajo la asignación de unos generosos presupuestos para ello, de llevar adelante tan increíble proyecto.

Cuando Lucy llegó a casa de los Temerlin era una pequeña bolita de pelo de la que tan sólo resaltaban sus largos brazos y su hinchada barriguita, tenía que ser alimentada con biberón y necesitaba prácticamente los mismos cuidados que cualquier bebé humano. Le encantaba que le acariciaran las palmas de los pies y era incapaz de dormirse si antes uno de los dos profesores, "sus papis", no le frotaban la espalda durante un buen rato.

Enseguida comenzaron sus travesuras y su despertar al mundo, le gustaba jugar y correr por toda la casa para acabar en los acogedores brazos de "mamá Temerlín". La doctora cada vez sentía más cariño por ella y de hecho Lucy se había convertido en esa hija que nunca tuvieron pero siempre habían deseado.
Para Lucy, para Lucy simplemente eran sus papis, no había conocido a otros, sí para ella no cabía duda, los Temerlin eran su verdadera familia.

Dado que el experimento según los informes proseguía con notable éxito, aunque desconozco la verdad en que podían basar éste, decidieron pasar a la segunda fase del mismo. Consistía ésta en enseñarle el lenguaje A.S.L (el American Sign Language) que se utiliza en Estados Unidos para la comunicación en personas sordas de nacimiento.
Todos los días enseñaban a Lucy a comunicarse a través de él y los avances no se hicieron esperar, Lucy empezó a manejar signos, a decir palabras y pronto a construir frases, eran frases sencillas que indicaban sensaciones y emociones como "Lucy frío", "Lucy miedo", etc. Poco a poco éstas dejaron paso a construcciones más complicadas que implicaban relación de conceptos, por ejemplo, si Lucy jugando tiraba un jarrón, enseguida miraba a los Temerlin y mediante la utilización de precisos gestos, decía: "Lucy mala, Lucy castigo" y luego se marchaba a su habitación...

Los resultados eran sorprendentes y superaban todas las expectativas... Pero como desde luego si algo es la vida no es precisamente justa, el dinero asignado para dicho proyecto se agotó. Los Temerlin fueron trasladados a otra Universidad y Lucy ingresada en un zoológico con otros chimpancés. Cada minuto que pasaba allí, en su jaula, era una auténtica tortura para ella que pasaba el día entero golpeándose continuamente el pecho y levantando sus dos manos dibujando en el aire gestos impenetrables.

Así hasta que un día llegó por allí una familia, un matrimonio con sus hijos que se paró ante la jaula de Lucy, pero de pronto algo ocurrió, el marido corrió en busca de los responsables del parque... No podía creerlo, aquel chimpancé hablaba, gritaba desde su encierro, como lo hubiera hecho él mismo, sordo de nacimiento, a través de gestos, a través del A.S.L, su lenguaje, aquel chimpancé repetía constantemente, "Lucy buena, Lucy no castigo, AYUDA"...

Cuántas veces, cuando paseo por delante de las jaulas del albergue repletas de perros y gatos, me acuerdo de la historia de Lucy y me pregunto qué se ocultará detrás de sus ladridos, de sus maullidos, de sus terribles quejidos...
La chimpancé Lucy

La casa de la felicidad

Hace mucho tiempo, un hombre y un perro perdidos y abandonados, decidieron recorrer la vida en busca de una esperanza… Y caminando, llegaron a un lugar especial, un mercado formado por miles de tiendas mágicas, "El gran mercado de la vida". 

Los tenderetes se arremolinaban unos tras otros, mientras los comerciantes, dueños del  arte de vender a través de la voz, anunciaban a gritos sus preciadas mercancías.


–  ¡Pasen y vean! ¡Las mejores disculpas del mercado! ¡Frases para quedar bien!
A su lado, otro competía a voces con el anterior. 
–   ¡El mejor surtido de palabras¡ ¡Francesas para el amor! ¡Españolas para la pasión! ¡Las más educadas!... ¡Y para los que no tengan dinero, nuestra oferta en palabras usadas!
A su derecha una magnífica cristalera ofrecía restos de sinceridad, mientras su dueño anunciaba: 
   ¡Ultimas existencias! ¡Ya no se fabrican productos como éste!
A su izquierda un oscuro puesto ofrecía mentiras.
–   ¡Engaños para sus parejas! ¡Traiciones para sus amigos!
Entonces, el hombre preguntó si en algún comercio vendían felicidad. Era su gran oportunidad. 
–   Sí señor... Tras esas grandes carpas está "La casa de la felicidad".
Ambos corrieron hacia el lugar indicado. Un anciano, con aspecto tranquilo y bondadoso, salió a recibirle 
–   ¿En qué puedo atenderle?
–   Verá. Siempre deseé la felicidad. Durante un tiempo confundí ésta con el dinero y me dediqué a ganar todo el que pude. Pero, según conseguía más y más, más me preocupaba la idea de no perder lo conseguido. Metido en aquella carrera, no conocí amor, ni cariño, ni por supuesto felicidad alguna... Decepcionado, un día decidí dejarlo todo y marcharme.
– Son muchos los que llegan hasta aquí, en busca de felicidad – le contestó – Pero, no siempre resulta bien. La mayoría se llevan grandes cantidades y las consumen de golpe. Los efectos son terribles. Durante días son absolutamente felices. Pero, al final se les acaba la mercancía y su vida vuelve a ser normal. Entonces no lo soportan. Sólo algunos la consumen lentamente. Éstos disfrutan de la felicidad de los pequeños momentos… De un beso, de un abrazo... Así, a poquitos, les dura toda la vida. Por otro lado, la felicidad tiene también graves efectos secundarios: Las personas no consienten fácilmente que otros sean felices. Los critican, los apartan... Recuerdo el caso de un hombre al que todos dieron la espalda, menos un triste perrillo abandonado que siempre le acompaña. Un día me lo encontré muy feliz. Me dijo mirando a su amigo perruno que, para él, no había mayor felicidad que tener a su lado a alguien que nunca le traicionaría… Hay de todo.
–   No quiero engañarle amigo mío. Al conocer la existencia de su tienda, mi primer pensamiento fue comprar toda su mercancía, pero ahora al escucharle… Sólo querría pedirle algo. Si me deja, me gustaría quedarme aquí con mi perro y ayudarle a llevar la tienda.

Cuentan que el anciano le dio trabajo y les abrió las puertas de su casa. Y que aquel perro fue muy feliz, porque muy feliz fue su amo que, descubrió en aquella tienda, que la verdadera felicidad es poder hacer felices a los demás. 

Nota: Este mercado no es una ilusión, existe. Vive en nuestro corazón y cada mañana nos espera con sus puertas abiertas. La cuestión es qué compramos cada día.


Raúl Mérida
La casa de la felicidad

8/2/13

Han pasado cinco años... y cómo te echo de menos

Quisiera ser enero… Y volver a sentirte otra vez cerca. 
Mirarte saludando, como cada año, al viento, a la lluvia, al mal tiempo. 
Verte ahuyentar el frío corriendo, jugando, ladrando a la vida. 

Pero te siento tan lejos ¿Por qué nos has dejado?

Quisiera ser febrero… Imaginarte en nuestra casa, tranquila, acurrucada en tu almohada. Sentir tu trufa oliendo el viento, que se cuela por la rendija mal cerrada de mi ventana. Y notar que te acercas de nuevo y que me pides con tu pata que te deje acostarte en mi regazo.


¿Te acuerdas? Yo te cogía, te abrazaba y te depositaba entre mis piernas. Tú dabas dos vueltas hasta encontrar el sitio y luego te tumbabas tranquila…
¿Cuántas horas habremos pasado así? Tú echada sobre mí. Yo sintiendo tu calor.

Quisiera ser marzo… Volver a pasear contigo por la ciudad. Ver a través de tus ojos todo lo que, de otra forma, no es posible. Fijarme en los adoquines de las aceras, en los felpudos de los edificios, en los pájaros primerizos… Y esos primeros días de sol que anuncian la cercana primavera.

Quisiera ser abril… Cogerte muy fuerte mientras asistes a mi lado, entre asustada y expectante, al sonido de los tambores, de las trompetas. 

Vivir la Semana Santa que nos abraza. Buscar contigo el olor a incienso y sentir que te pierdes en su aroma.

Quisiera ser mayo… Primeros paseos por la orilla del mar. El sabor a sal. El olor marinero. Y ver los barcos que vuelven bajo el canto de las gaviotas. Fuera frío. Bienvenido el calor. 

Quisiera ser junio… Para caminar sin rumbo hablando contigo. 
¿Recuerdas? La gente que nos veía pensaba que estaba loco, por contarte mis cosas a ti que, ya ves, eras una perra sólo. Nunca sabrán que con mirarme me contestabas, que el silencio buscado entre dos, a veces, es la mejor conversación. 

Quisiera ser julio… Para sentirte cerca de nuevo y poder compartir tu despedida. Para notar tu cuerpo viejo, sin fuerza y abrazarte y decirte que te quiero.
Nunca pude imaginarme tenerte a mi lado. ¡Cuántos momentos! ¡Cuánta vida vivida!.

Pero… No quisiera ser agosto… Nunca agosto, porque entonces te marchaste. 
Sentí que te ibas entre la noche y la mañana. Tú estabas en silencio, acurrucada en tu cama. 
Me acerqué a ti. No te quejabas Y entre mis manos quedó tu cuerpo mientras tú te machabas y, pese al calor, me helabas el alma 
En este mundo lo que dejas es lo que te llevas… Tú te fuiste cargada de amor.
¡Buena suerte compañera!. ¡Qué seas feliz donde quiera que vayas!

PD: Dicen mis nenes pequeños que ahora tenemos que comprar un telescopio gigante, para mirar todas las noches el cielo y, verla allá arriba, jugando con las estrellas… Quizás tengan razón.
¡Hasta siempre Sofía! 

Raúl Mérida
Han pasado cinco años... y cómo te echo de menos

7/2/13

La crueldad no conoce límites... pero ellos no guardan rencor




Aún lo recuerdo como si fuera ayer.
El famoso "tres patas" o "trípode" cariñosamente apodado por los demás, estaba allí.

Había oído hablar de él desde que lo recogieron unos días atrás y no había podido ir a verlo todavía.

Cualquiera que lo viese no podría evitar sonreír ante su vitalidad y alegría, nos daba mordisquitos en el trasero de la emoción cuando entrábamos en la jaula para contarlos a todos antes de sacarlos a pasear... pero nadie se decidía a adoptarlo porque le faltaba una pata trasera, parecía haber nacido así.
Finalmente le llamamos Chewy. Sí, como el de Star Wars; tenía el mismo tipo de pelo alborotado y era entrañable.
Me gustaba mucho verlo correr, salía de la jaula adelantándolos a todos en una carrera a pesar de su pequeña tara camino del área de paseo, disfrutaba de la compañía de todos nosotros y convivía sin problemas con todos sus compañeros.
Nadie jamás hubiese adivinado la historia que pesaba sobre aquel perro.



El servicio de recogida de la protectora fue avisado por la guardia civil para recogerlo y al llegar, el "señor" que había llamado a las autoridades dijo no querer tener nada que ver con ninguna asociación de rescate. Lo que quería era que le sacaran al perro que había entrado en su finca, pues se había refugiado en un agujero tras intentar ahorcarlo. Chewy había escapado de la soga luchando desesperadamente con sus tres patas y buscó cobijo para huir de la muerte. Obviamente, el perro estaba asustado, intentaba morder presa del pánico... ¿Cómo hacerle entender que sólo habían venido a salvarle?
Mientras tanto, el individuo continuaba diciendo que sólo quería que lo sacaran de ahí (porque él no se atrevía, ya que le mordía) para acabar lo que había empezado y enterrarlo, había cavado incluso su tumba, la tenía preparada sólo unos metros más allá.

Finalmente, el servicio de recogida logró sacar a Chewy y trasladarlo a la protectora donde permaneció allí cinco meses siendo un perro alegre y jovial... hasta ser adoptado.
Aquel día lloramos todos y sentimos fuerzas renovadas para seguir peleando y tener algo de fé, pues esto demuestra que aún quedan personas con corazón.

A.M.
Para Mil Historias de Animales

La crueldad no conoce límites... pero ellos no guardan rencor

Cuando las cosas no son lo que parecen... Mentira

Había quedado con unos amigos para ir al teatro. Se suponía que íbamos a ver una comedia y la verdad es que la obra fue muy divertida. A través de sus parodias, de sus diálogos, intentaba acercarnos a la maternidad. Después de muchas risas, en la escena final, realizaron también una reflexión sobre el mundo de los niños. Una de las protagonistas se levantó y dijo algo así como que le gustaría volver a la niñez , a esa época en la que las mentiras no hacen daño a nadie, en el que todas las heridas se curan con mercromina. En aquel momento me pareció genial, aplaudí a rabiar e incluso me emocioné. Ya fuera del teatro, les decía a mis amigos que me había encantado la última frase. ¡Qué gran verdad!, cuando eres pequeño, todas las heridas se curan con mercromina...

Serían las 6 de la tarde y les vi entrar en el albergue. No se porqué pero desde el primer momento me llamaron la atención. Era una pareja de mediana edad, parecían matrimonio. Se notaba que a los dos les gustaban los animales pero, desde luego, lo de él era especial. Enseguida comenzó a acariciarlos a todos. Se acercó a una jaula y les ofreció sus manos. Ellos como siempre le olieron y empezaron a lamerle, a hacerle fiestas y alegrías. Después pasó a otra jaula y luego a otra. Así fue recorriendo todo el albergue, él saludaba a los perros y ellos, ellos le saludaban a él.


Después de un rato me acerqué y comenzamos a hablar, les pregunté si tenían perros y él me dijo que no, que de pequeño sí había tenido uno pero que ya no quería más. Me extrañó su contestación, lo había visto tan emocionado junto a ellos. No dije nada y me siguió contando: 

- Se llamaba Bubi y era precioso. Yo aunque, aunque tendría sólo 6 o 7 años, recuerdo perfectamente cuando lo trajo mi padre. Era diminuto, una bolita peludita. Mi madre enseguida dijo que ella no quería perros en casa pero, pero mi padre se empeñó y, y ya ves, en un momento dejé de ser el peque de la casa y pasó a serlo él. ¡Me encantaba!. Siempre quería acompañar a mi padre cuando lo sacaba a pasear y sólo, sólo quería que me dejaran estar a su lado. Te contaré un secreto, cuando me reñían o estaba triste, siempre acudía junto a él en busca de consuelo y aunque sólo me mirara, con dos de sus lametazos conseguía que todo quedara olvidado. Aún hoy cuando lloro, lo hecho de menos, ¡le quería tanto...!
- ¿Y qué pasó con él? - le pregunté. 
No contestó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sin mirarme se marchó a otra jaula.
Al cabo del rato volvió. Me miró a los ojos y me dijo: 
- Lo abandonó mi madre. Fue un sábado por la mañana mientras mi padre estaba trabajando. A ella nunca le hizo mucha gracia. Cogió y lo subió en el coche. Nunca se me olvidará. Él iba en el asiento de delante y mis hermanos y yo, sentados detrás. Creíamos que nos íbamos de excursión. Mi madre dio cientos de vueltas por el campo y de pronto paró. Abrió su puerta y de un empujón, lo echó fuera. Nosotros íbamos también a bajar pero, pero ella nos gritó y arrancó el coche a toda velocidad. Mis hermanos y yo, gritando, llorando, le pedíamos que parara, que por favor parara. Mientras tanto, a través del cristal veíamos a Bubi como, corriendo hacía nosotros desesperado, cada vez se iba alejando más... Yo tenía 8 años. Nunca, nunca jamás se me olvidará. 
Después de contármelo, lloró durante un buen rato y más tarde, se marchó.

Y pensé: <<No, no. Mentira. De pequeño las heridas no se curan sólo con mercromina>>


Raúl Mérida
Cuando las cosas no son lo que parecen... Mentira

Yo me disfracé de perro


Domingo, 10 de febrero de 2002. 
11:00 horas, Alicante. 
Paseo por el Ayuntamiento camino de la Explanada.

La ciudad despierta de una noche mágica de carnavales. Es increíble pero está reluciente, brillante, limpia...¿Limpia después de carnavales?... Los pequeños charcos de agua demuestran el baldío temprano de las calles, al menos de aquellas por las que paso. Es alucinante. Después de una noche como la pasada y las calles limpias... Y entonces empecé a pensar en la noche anterior. ¿Cómo era posible?




Sábado, 9 de febrero de 2002. 20:00 horas. 
Alicante. 
En mi casa. 

<<Ya está, ya lo tengo, ya sé de qué me voy a disfrazar, voy a llamar a Rony>> (Rony es un amigo de lo más macarra que tengo. En realidad es un infeliz al que le gusta ir de duro por la vida, con uno de esos looks entre macarra y bacalaero que tanto se lleva, en fin, como les decía, un pobre hombre). Le llamo: 
- Rony, ¿tú te vas a disfrazar?. 
- Yo no, qué va, eso es pa' los pringaos. 
Uff, suspiro aliviado. 
- ¡Genial!, pues no te disfraces que hoy, y sin que sirva de precedente, hoy quedamos y salimos juntos. 
Entonces arreglo mi disfraz. Sí, ya se que no es muy original, pero hoy, ¡je!, hoy me disfrazo de perro, pero, de perro agresivo, claro, que es lo que más mola. 

Y así fue, dicho y hecho, a las 10:00 de la noche nos plantamos en la calle. Pedro y yo. Él sin disfraz pero de un macarra que asustaba (no es que, por supuesto, todos los dueños de estos perros sean unos macarras pero haberlos, haylos) y con una cara de perro, con perdón de los perros, que yo con todo mi disfraz, ni por asomo llevaba. Y ahí empezó nuestro peregrinar y con él, nuestros problemas. 
En la calle San Fernando se nos acerca uno disfrazado de policía. 
- Buenas noches -, le dice a mi amigo, 
- ¿Llevará usted los papeles del perro? 
- ¿Qué, qué de qué? -, le contesta mi él. 
- Pero, hombre, ¿no sabe que es un perro de raza peligrosa...? Y por cierto, ¿qué lleva para limpiar lo que ensucie su perro? Porque luego hay que ver como están las calles que es que las dejan hechas una guarrería...
Entonces los dos miramos al suelo y lo vimos lleno de botellas, máscaras rotas, ríos de residuos amoniacales, llámese también orina, en alguna que otra esquina, además por supuesto de colillas y salivajos varios de procedencia humana, pero que muy humana todos ellos. 
Rony y yo nos miramos y él, muy serio, le dijo a aquel policía disfrazado: 
- ¿Sabes que te digo? Que aquí se queda el perro, lo abandono y a tomar por saco. Y así me quedé, solo y abandonado en la calle, con aquel policía que me recogió y que a modo de multa me obligó a pagarle unas cuantas cervezas...

Mientras paseo el domingo , como les decía antes, intentando recordar todo ésto, me encuentro con una señora que pasea a su perro y al que un hombre, a voz en grito, le dice que su perro está ensuciando las calles... Y entonces, claro, lo entendí todo. Entendí por qué se quejan y quejan de los dueños de animales que claro, ensucian entre comillas la ciudad y nadie se queja de los cientos y cientos que el sábado, disfrazados, ensuciamos también la ciudad y todo eso porque a las siete de la mañana del domingo cuando casi todos ya dormíamos, otros limpiaban nuestras vergüenzas a fuerza de manguera...

Claro que, en realidad, todo esto lo digo porque en mi disfraz del sábado y también en el que luzco hoy... ¡me cachis!, siempre se me olvida algo, claro, el bozal... y es que, así me va como me va...



Raúl Mérida
Yo me disfracé de perro

6/2/13

Mañana es hoy

<< Recordar puede ser fácil para el que tiene memoria 
ero lo verdaderamente difícil es olvidar cuando se tiene corazón >>


Sonaron las cinco de la tarde. Ella se arreglo como cualquier día: Una blusa, una falda y una chaqueta mal puesta.

Salió rápidamente del edificio. Tenía una cita con el médico y, sobre todo, prisa por volver. Le esperaban sus animales. 

Sin embargo, bastó un frenazo, un grito y todo terminó. Su cuerpo quedó tendido sobre el asfalto.
Algunas personas pidieron ayuda. Una ambulancia se encargó del traslado al hospital más cercano, un médico de certificar oficialmente su fallecimiento. 
La policía escribió en el informe: Muerte en el acto. Ningún familiar cercano.
Y así era… O, casi. 
Aquella mujer no tenía padres, hermanos ni hijos… Pero tenía un viejo loro, un pequeño mono y dos canarios. Lástima que nadie lo supiera. Aquellos animales quedaron abandonados en sus jaulas dentro del piso durante días.
La comida, poco a poco, se agotó. El agua se evaporó. Y el silencio de la casa se llenó de quejidos y lloros. 

Algunos dirán que fue porque se sentían solos. Otros pensaran que era la necesidad, el hambre, la sed… Yo creo que, en realidad, siempre supieron lo que había pasado. Los animales no necesitan telegramas ni llamadas que anuncien tragedias. Ellos saben escuchar el viento y sentir la muerte de un ser querido.
Al final los gritos alertaron a la policía. Nos llamaron y recogimos a cada uno de aquellos pobres animales abandonados por la vida… Pero no todo estaba hecho. 
Los trasladamos al centro donde pasamos meses temiendo por ellos. Estaban deprimidos y tristes. Se sentían solos. No tenían ganas de vivir.
Todos los días acudíamos a su jaula pero ellos nunca salían. Vivían todos juntos muriendo de pena en el interior. Estábamos desesperados. Temíamos por ellos. 
Pero una mañana, al acercarme preocupado como siempre a verlos, uno de los canarios cantó de pronto. Su compañero sacudió su cabeza y le acompañó en su cántico. 
Aquello fue la señal esperada… El pequeño titi, el monito, salió del dormitorio y se detuvo a escucharles con las orejas muy tiesas y los ojos abiertos. 
El viejo loro se posó en una rama del patio mientras abría sus alas de nuevo a la vida.
Siempre he dicho que nunca sabes si "hoy" es "mañana" o "mañana" es "hoy". Lo que sí sé es que a partir de ese momento, el mundo nuevamente los adoptó.



Raúl Mérida
Mañana es hoy

Nación de los animales


En un mundo tan real como imaginario... Y comenzó el debate del Estado de la Nación. 


El presidente del Congreso de los Animales cedió el turno a un hermoso tigre de Bengala que, en representación de todos los exóticos, tomó la palabra. Dijo: 
– Buenos días. Represento a todos los animales que como yo, nos hemos convertido en moda . ¡Compañeros, la situación es caótica!. Cada día cientos de individuos pertenecientes a las más variadas especies, son decomisados en las Fronteras. Todos ellos forman parte del tráfico ilegal de especies, un gravísimo problema. Pero, ¿Qué pasa con todos esos animales? ¿Cuántos de ellos mueren en las aduanas? ¿Cuántas víctimas quedan en el camino para que uno sólo de nosotros llegue hasta una tienda?... El asunto no puede continuar. Queremos soluciones ya.

El silencio se hizo entre todos los presentes.
 Tienen la palabra ahora, la representante de los animales de granja - dijo el presidente. 
Un ternero subió hasta el estrado y cogió el micrófono.
– Quiero en primer lugar mostrar mi solidaridad con el anterior compañero. Yo hoy hablaré en nombre de todos esos cuyo único fin es morir para alimentar a los hombres. Gallinas, pollos, corderos, cerdos... Sufrimos mataderos ilegales donde no se respeta la más mínima protección que establece la ley para nosotros: Una muerte sin sufrimiento. Nuestros transportes son asfixiantes, agonizantes. Nos meten en cajones de madera desde nuestro nacimiento, privándonos de cualquier movimiento, todo para un rápido engorde.
Los animales presentes abucheaban al grupo del gobierno que parecía no inmutarse.
Nuevo turno de oradores. Ahora la palabra era para los animales de compañía sin dueño. 
Un perro, triste y delgado, famélico, subió como pudo hasta arriba y mirando a todos los presentes comenzó a hablar.
– Empezaré diciendo: Lo siento. Siento mucho que tengáis que soportar todo lo que habéis contado. Yo represento a todos los animales abandonados. Perros, gatos... Atropellados, echados a la calle, arrojados al campo. Muertos de hambre y de sed. Quemados vivos, despellejados, mutilados... Nos prometieron sanciones duras y fuertes para los maltratadores que nunca acaban de llegar. Nos hablaron de altísimas multas para los que nos abandonan que apenas se llegan a aplicar... Mientras tanto, este mismo verano, en este mismo momento, docenas, centenares de nosotros en toda España están siendo abandonados...
Los gritos de indignación ante la situación denunciada, interrumpieron el discurso. El presidente de la cámara pidió silencio. 
– Aún quedan muchos por hablar - dijo. 
Así, uno tras otro, fueron cogiendo la palabra. Se escuchó a los representantes de los animales salvajes que se quejaron de los venenos, de los cepos, de los cazadores sin escrúpulos, del serio peligro de la extinción de alguno de ellos. Hablaron también los que malviven en los circos y en los zoológicos. Etc, etc...
Y una vez acabada la intervención de todos ellos, por fin llegó el turno para el gobierno. Entonces se hizo el más absoluto silencio, mitad miedo, mitad terror. Los animales se miraban asustados entre ellos, temían las más graves represalias. 
El portavoz, un hombre de aspecto frío, trajeado, indiferente, sin mirar a los ojos a ninguno de los presentes, tras subir al estrado, tomó la palabra y dijo: 
– Estoy en condiciones de asegurarles que estudiaremos todas las propuestas. Trabajaremos con la idea de que en un futuro esta situación entre en una fase de cambio y evolución. Con el esfuerzo de todos quizás algún día ni cercano, ni lejano.... Bla, bla, bla. He dicho- Entonces encendió un puro y añadió -. Ahora, si me disculpan, voy a marcharme, tengo una entrada para la corrida de toros de esta tarde y no quiero perderme como matan al primero de la tarde.

Los animales se miraron entre ellos y por fin, sin comprender nada, lo entendieron todo. 

Raúl Mérida
Nación de los animales

5/2/13

El cielo y el infierno

Hace algunos años, alguien me contó esta historia, una historia que marcó mi corazón desde entonces y que siempre intento recordar en los momentos difíciles.

Cuenta la leyenda que hace muchos años, un hombre paseaba por el campo junto a sus perros. Le gustaba salir al atardecer para respirar el aire que le traía el viento. Sus perros paraban para olfatear, muy intrigados, la distancia entre ellos y el cielo. Otras veces corrían persiguiendo las sombras que proyectaban las nubes sobre la hierba. Aquel hombre siempre pensaba que cada tarde era distinta y merecía ser vivida con toda la intensidad de la anterior, seguramente por eso, cerraba a menudo sus ojos para sentir más intensamente los colores del cielo, las sombras de la vida... 

Y caminando aquel día, llegó a una montaña enorme y decidió que debía subir a lo más alto para, desde allí, ver irse al sol y llegar a la luna. Así, comenzó poco a poco a subir con sus perros que caminaban tranquilos a su lado. El camino se volvía por momentos más difícil, cada vez más estrecho y complicado. De pronto ya no se podía caminar más y decidieron retroceder pero, resbalaron y cayeron todos rodando y, uno a uno, fueron dejando su vida en las laderas de aquella abrupta montaña. 

Sin embargo, cuando llegaron abajo ninguno era consciente de su muerte, así que se levantaron y siguieron andando como si nada. Andaban y andaban pero estaban agotados y sedientos... De pronto, vieron una especie de entrada a una finca hermosa y grande, la entrada era muy lujosa, repleta de adornos preciosos. Allí se encontraba un señor que salió a recibirlos. El hombre sediento le dijo al señor que era un sitio muy bonito y le preguntó que cómo se llamaba. 
El señor le dijo: 
- Éste es el cielo.
Y él contestó: 
- Qué suerte, qué bien, estamos en el cielo ¿Tendría un poco de agua para nosotros?
- Claro, por supuesto - le contestó - Para usted tenemos toda el agua que quiera pero, para sus animales no, ellos no pueden entrar, aquí no se admiten animales.
- ¿Cómo? Entonces yo tampoco quiero entrar ni beber, no podría beber yo y saber que ellos siguen sedientos -.
El hombre siguió pues, caminando por aquel camino interminable y llegó a otro portal, esta vez con una puerta pequeña y humilde. Y allí salió a recibirle otro señor y el hombre le dijo: 
- ¡Hola!, ¿tienen agua? ¿Podríamos beber aquí mis animales y yo? -. 
- Por supuesto - le contestó -. Allí tienen una fuente, beban todo el agua que necesiten -. 
Una vez habían bebido, se acercó de nuevo al señor y le preguntó: 
- ¿Cómo se llama este sitio? 
- Este lugar es el cielo - le dijo 
- ¿Cómo el cielo? Si hace un buen rato hemos pasado por otro lugar que nos han dicho que era el cielo. 
- Les mintieron, aquello no era el cielo, aquello era el infierno - les contestó el señor. 
- ¿Y cómo lo permiten?, ¿cómo permiten que utilicen su nombre tan vilmente? Deberían hacer algo inmediatamente... - le repuso el hombre.
- Se equivoca, nunca haremos nada. En realidad, ellos nos hacen un gran favor porque así nos aseguramos que nunca entrará aquí, en el cielo, alguien capaz de abandonar a sus amigos - .

Hace unos días, leyendo un libro de Paulo Coelho, descubrí que él recogía una historia parecida a ésta, así que ya no sé si quien me la contó la sacó del libro o el libro la sacó de la vida. Sea como fuere lo que no viene en el libro pero si en la vida, es que este verano, de nuevo, muchos animales perderán la suya en alguna de las carreteras de la provincia cuando su dueño decida abandonarlos en ellas. Lo que es seguro es que, si existe cielo, ninguno de estos abandonadores lo pisará jamás y lo que también lo es, es que todos esos animales irán derechos al cielo, hicieron méritos para ir a allí, de todas formas, en el infierno no se admiten animales.
El cielo y el infierno

2/2/13

Diario de un gato roto

¿Les importa si les cuento mi vida?. Bueno, en realidad son siete, siete vidas...



PRIMERA VIDA: 
Nací un mes de febrero o quizás marzo, de hace 7 o quizás 8 años. Fue por la noche, sobre un tejado. El aire jugaba con papeles y bolsas, que levantaba una y otra vez, mientras el relente se colaba por los poros de nuestra piel. Hacía frío, mucho frío. Nacimos 5 hermanos de los que tres, decidieron abandonar rápido la batalla por la vida. Y nos quedamos dos, dos gatitos. Una madre y dos pequeños que, apiñados sobre ella misma, buscábamos en su cuerpo el alimento y en sus lametazos el cariño... No sé cómo, pero, sobrevivimos.

SEGUNDA VIDA: 
Mi madre, nos trasladó a un solar cercano donde vivíamos con otros gatos. Un paraíso, una selva virgen, en medio de la ciudad. Esperábamos cada día impacientes que varias mujeres y hombres, acudieran con sus botes y pienso, a darnos de comer. Gracias a ellas sobrevivimos. Éramos por aquel entonces dos avispados de la vida, dos juguetones empedernidos. Nos pasábamos las horas tumbados, dando vueltas y más vueltas, el uno sobre el otro... ¡Hasta hicimos amigos!, nos reuníamos al atardecer con otros gatitos como nosotros. Muchos de ellos se iban muriendo. Desaparecían constantemente. Un día no veías al negrito, otro al canela. Los coches, las enfermedades, los peligros, la calle... No sé como, pero, sobrevivimos.

TERCERA VIDA: 
Aquel día, cumplíamos 2 meses. Lo recuerdo perfectamente. Estábamos comiendo cuando oímos un ruido, era como una explosión, luego otra, y otra más...Mi hermano y yo corrimos cuanto pudimos, hasta alcanzar unos tablones bajo los que nos refugiamos. Mi madre no estaba. Muy pegaditos, el uno al lado del otro, temblábamos. Miramos hacia fuera y vimos a uno de nuestros amigos agonizando sobre el suelo. A pocos metros de él, unos chicos jóvenes, se reían. Le habían disparado. No sé como, pero, sobrevivimos.

CUARTA VIDA: 
Los días pasaban e íbamos creciendo. Cumplimos tres meses, cuatro y mi madre desapareció. No sé si se marchó o simplemente la mataron. Cada día, nos llegaban noticias de gatos que desaparecían, animales que eran maltratados, asesinados... Un día mi hermano también se fue. Lo atropelló un coche. Durante horas vi su cadáver tumbado sobre el asfalto. No sé como, pero, sobreviví.

QUINTA VIDA: 
Estaba solo. No me quedaba nadie. Entonces, empecé a aproximarme a las personas que nos traían comida cada día. Necesitaba sentir su cariño, el roce de su mano sobre mi piel. Cada mañana me acercaba a ellas y les saludaba: Muchas se extrañaban de mi confianza, pero yo necesitaba sentir calor, cariño, sentirlas cerca. Una de ellas, una mujer mayor, me tomó mucho cariño y un día me llevó a su casa... 
Vivimos juntos siete años, siete preciosos años. Durante todo ese tiempo aprendí a querer, a ser paciente, a esperar, aprendí lo que significa ser feliz... Una mañana murió. La casa se llenó de gente, de familiares y amigos pero por la noche sólo quedé yo, yo y mis recuerdos. Al día siguiente me echaron de allí... No sé como, pero, sobreviví.

SEXTA VIDA: 
Y de nuevo me encontré en la calle. Comencé a andar, a andar sin rumbo, sin sentido. Supongo que buscaba el camino que me llevara con mis hermanos, con mi madre, con mi dueña. Anduve tanto que hasta quemé las palmas de mis patas, y un día, mientras caminaba, de pronto oí un frenazo y rodé varios metros. Alguien me recogió y me llevó hasta la Protectora de Animales. En el accidente perdí un ojo. No sé como, pero, sobreviví

SÉPTIMA VIDA: 
Ahora vivo en el albergue. Ya sólo me queda una vida y un ojo. Sé que no es gran cosa pero es todo lo que tengo. Me he convertido, me han convertido en lo que soy, simplemente un gato roto
¿Quiere alguien un gato roto?




Raúl Mérida
Diario de un gato roto

1/2/13

Un mundo de olores

15 de noviembre del año 2000

Ciega, sorda y sola, completamente sola. Así apareció un buen día oliendo la humedad de una esquina callejera de Alicante.

Nos llamaron por teléfono. Eran los vecinos de aquella zona. Nos dijeron que había aparecido una perrita muy extraña. Pequeña, de color canela, con los ojos muy redondeados y abiertos. No se movía, ni un gesto, ni un ladrido. Nada. En silencio y concentrada, permanecía inmóvil oliendo el agreste tacto de una pared. Todos la miraban extrañados. Se preguntaban el por qué de aquel comportamiento. Al final uno dijo, “está enferma, se está muriendo”, “ha perdido la cabeza”, dijo otro. Y acudimos a buscarla. 

Cuando llegamos no se había movido del sitio. Seguía igual, oliendo. Ahora su olfato y mirada perdida se dirigían al cielo. Movía su morrito insistentemente. Parecía querer atrapar cada minúsculo halo de olor, cada fragancia. Mientras tanto, unas gotitas de agua, repletas de olores lejanos, resbalaban por su naricita camino del suelo.
La llamamos: "¡Oye, vamos, ven aquí, vamos cariño, vamos!". 
Ella siguió igual, ni siquiera nos regaló el gesto de una mirada. Simplemente, volvió a oler de nuevo. Entonces comprendimos. Estaba sorda, sí, y ciega también. Vivía aislada en un mundo en que sólo cabían olores.
Pensé : "Dios ¿cómo han podido abandonarla así?" Era incapaz de andar, de dar un solo paso en aquella jungla de coches, de prisas y miedos. Sí, abandonándola así, la habían condenado a morir.

Le ofrecimos el olor de nuestra mano, del aire de nuestros susurros en su cara. Luego, lentamente, resbalamos nuestra mano por su lomo y acariciamos todo su cuerpo. No queríamos asustarla, sólo convencerla, poco a poco, de que nuestros brazos olían a hogar, a amistad, a protección.
Al principio, se mostró recelosa. Intentó apartarse y acabó tropezando con los pies de un compañero. Así que decidimos agacharnos y cogerla en brazos.

La llevamos al albergue y la dejamos en la recepción. Allí se puso a olfatear todo. Olió a los otros animales, olió los muebles, las mesas, las sillas y nos olía a cada uno de nosotros. Luego olió las paredes, las luces y también las distancias. Ahora vive en cada rincón del albergue de animales. No. No ve, no oye y sólo olfatea. Por eso, cuando la veo que vive en un mundo sólo de olores, me gustaría preguntarle: ¿A qué huelo, a qué huelen mis manos, mis pasos, mis silencios y mis palabras? ¿Y los ruidos...? Mis lamentos ¿a qué olerán mis lamentos? ¿Y el albergue?. ¿a qué huele el albergue?, ¿a qué los gritos desesperados de los otros perros?, ¿a qué el adiós de sus antiguos dueños? ¿Y los aullidos?, ¿a qué huelen los aullidos? ¿A qué la tristeza y la soledad? ¿A qué la humedad de una fría jaula? Y el abandono, ¿a qué demonios olerá el abandono?

Al día siguiente de publicar esta historia ella fue adoptada
Un mundo de olores